El Abanca-Riazor amaneció con expectación y acabó con euforia. El Deportivo recibió al Sporting de Gijón en un partido áspero, de esos en los que cada balón pesa y la paciencia se convierte en virtud. Durante buena parte del choque, la grada contuvo el aliento entre ocasiones aisladas y tensión creciente, hasta que en el minuto 89 Dani Barcia rompió el guion con un golazo que incendió el estadio.
La primera mitad apenas ofreció luces en ataque. El Deportivo quiso la pelota, dominó la posesión y buscó abrir espacios a través de las bandas, pero se topó con un Sporting bien plantado, más conservador de lo esperado. Los intentos locales se redujeron a aproximaciones tímidas, como un remate de Escudero que obligó a Yáñez a intervenir. En el otro lado, el conjunto asturiano apenas generó peligro, priorizando el orden defensivo sobre la búsqueda de portería.
El encuentro cambió de tono tras el descanso. El Sporting se sacudió el letargo y llegó a rozar el gol, primero con un disparo de Gelabert que se estrelló en el poste y poco después con otro remate que también golpeó la madera. El silencio momentáneo en Riazor se convirtió en nerviosismo, pero al mismo tiempo despertó al Deportivo, que apretó con más decisión en los últimos veinte minutos.
Cuando el empate parecía inevitable, una acción a balón parado encontró a Barcia dentro del área. El defensa, con la determinación de un delantero, empalmó una volea directa a la escuadra en el minuto 89. El gol fue tan inesperado como espectacular, y convirtió la ansiedad en un rugido colectivo. El Sporting apenas tuvo tiempo de reaccionar; el Deportivo cerró filas y defendió la ventaja hasta el pitido final.
Riazor celebró un triunfo trabajado, más por insistencia que por brillo. La victoria no solo sumó tres puntos, sino que confirmó que el equipo coruñés empieza a entender cómo hacer de su estadio un aliado.