Nueve años han pasado, pero hay días que no se olvidan. El 26 de junio de 2016, el Cádiz CF firmó una de esas noches que se quedan para siempre. En el Rico Pérez de Alicante, con un 0-1 trabajado a corazón abierto ante el Hércules, los amarillos sellaron su billete de vuelta a Segunda División y pusieron fin a seis años de sufrimiento en Segunda B.
La jugada clave llegó en el minuto 19. Dani Güiza, con su instinto intacto, aprovechó un resbalón del defensa Álex Muñoz y no perdonó. Control, mirada, definición. Gol. Fue un momento de locura contenida. El equipo de Álvaro Cervera, recién aterrizado en el banquillo, se adelantaba en un partido que valía un ascenso. El estadio se congeló. Solo los cadistas gritaban.
El Cádiz CF venía con ventaja del partido de ida, un 1-0 en Carranza gracias a un libre directo perfecto de Carlos Calvo. Pero Alicante era otra historia. El Hércules se volcó, metió presión, buscó el empate por tierra, mar y aire. Pero el muro amarillo no se movió. Con oficio, con nervio, con coraje. Las amarillas, los parones, los nervios, los minutos eternos… hasta que el árbitro pitó el final.
Ese pitido lo cambió todo. El césped se llenó de lágrimas, abrazos, camisetas lanzadas al cielo. Desde Cádiz hasta el último rincón de la provincia, la afición explotó. Volvía el fútbol profesional, pero sobre todo volvía la esperanza. Volvía el Cádiz CF de verdad.
Aquel ascenso no fue solo un partido. Fue el final de un camino durísimo. Antes, el equipo había superado al Racing de Ferrol y al Racing de Santander con un Álvaro Cervera cambiando piezas sobre el césped y alineando jugadores que no habían apenas tenido oportunidad, pero que tenían hambre. Todo cuesta arriba. Todo épico. Pero ese 26 de junio, todo cuadró. La noche fue amarilla.
Hoy, nueve años después, siguen vivas las imágenes: Güiza con los brazos abiertos, los abrazos infinitos, el "¡vamos, Cádiz!" que rompió la madrugada. El milagro de Alicante no fue un cuento. Fue real. Y cada 26 de junio se vuelve a vivir.